Esto que escribo
Estoy intentando amigarme con mi sensibilidad. No son pocas las veces que he sentido –siento– que la vida no es para mi. No es mi intención ser dramática solo quiero ser honesta y pensar sobre lo que me pasa.
Creo que el problema más grande es que siento que si digo todas las cosas que me angustian y expulsan del mundo voy a quedar en un lugar de víctima. Víctima o alguna palabra parecida. Todavía no la encontré.
Lo que quiero decir es que subestimo e invalido mis sentimientos. Me angustia profundamente la desigualdad; no me acostumbro a que haya personas viviendo en la calle; me quita el sueño vivir en un mundo en guerra. No soporto la pose ni el caretaje. Me siento desahuciada cuando veo gente vinculándose por interés y no por afecto. El cinismo epocal me saca de quicio y un largo etcétera.
Y soy una pelotuda por eso.
O al menos eso me digo:
sos una pelotuda ¿Cómo vas a llorar por una guerra al otro lado del mundo?
Es que la guerra se siente acá, adentro. Y además, todo se relaciona: la desigualdad, el hambre, el progreso, la guerra, el genocidio. Todo eso pasa acá y en todos lados del mundo, ahora, en este momento de la historia en el que estoy viva y lo siento. No lo puedo ignorar
Una vez alguien me dijo que hay personas que son más sensibles. Ya sea porque nacieron así –el entorno más una predisposición–, porque les pasaron cosas en la vida que lxs sensibilizaron, o por el motivo que sea, son más sensibles.
Y para esas personas el mundo –este mundo, el mundo que hicimos– es más hostil.
Eso me hizo pensar en varias cosas. Una de ellas es que el padecimiento es un síntoma de cercanía con el mundo real y que la inadecuación es una suerte de victoria: –esto me lo dijo un amigo– no pudieron normalizarnos.
La sensibilidad y el padecimiento como forma de resistencia, como síntoma de vida. Soberanía de la percepción.
Así estoy, del autoflagelo al delirio de grandeza.
Otra cosa que pensé, en ese mismo sentido, es que frente a la crueldad del mundo, lo mejor que se puede hacer es ser lo más sensible que se pueda. Cambiar la realidad más pequeña, más próxima, dejándose conmover.
Que no de igual que haya gente viviendo en la calle, ni la flor que brota aferrada a una reja. Que no pase desapercibida la guerra ni el cielo naranja de las siete de la tarde.
Y es acá –cuando me pongo a pensar y escribir en todas las cosas que no se me tienen que pasar para poder ser una persona sensible al mundo, que lo padece y se conmueve con él y hace algo en consecuencia– cuando me siento una estúpida
Quizá solo seas una ridícula más.
Cada vez que me pongo a escribir me fastidio. Me fastidio de mi y de las cosas que digo y escribo. Y cuando no escribo con honestidad, cuando sale todo acartonado, me fastidio el doble.
Porque ¿para qué estoy escribiendo si no es para ser honesta?
Escribir es un laberinto. Escribir es difícil. Escribir es para adentro. Y cuando adentro está lleno de piojos, escribir –que es también el remedio– se vuelve un infierno.
Al mismo tiempo pienso que el infierno es mejor que el cielo porque ahí todo es moralmente bueno y el arte y la poesía están por fuera de la moral, igual que la política (todo lo que me interesa).
Me voy por las ramas porque me cansé de dibujar raíces.
Escribo.
Escribo para vivir. Para tener una vida que no sea solo productiva, ni funcional. Escribo con gozo. Escribo con alegría. Escribo sobre todo con dolor y lo celebro. Porque el sufrimiento es incompatible con el rendimiento y no tiene cabida en la sociedad de hoy dominada por las capacidades.
Escribo igual.
¡Viva mi incapacidad para escribir sin dificultad! ¡Sin dolor!
Hoy, que se priva al dolor de toda capacidad de expresión, que se lo condena a enmudecer: escribo. Escribo con pintura, escribo con lápices, escribo en mi computadora. Le escribo a mis amigxs, le escribo a mi novia, a mi mamá, a mi abuela muerta.
Y me cuesta tanto escribir porque, además de que me falta mucho por aprender, en la escritura no cedo. No negocio. Soy. Y esa tensión se materializa en el ejercicio. Escribo como tironeando de algo que no sé qué es.
Será el lenguaje, el mundo, un ovillo gigante apelmazado, rompiéndose de a pedazos.
Hay días en los que no quiero tirar más. En los que el ovillo pesa demasiado y la mano se vence. Esos días escribo igual. Mal. Poco. A los tirones.
No para desenredarlo. No para entenderlo.
Tiro y a veces se rompe. A veces sale un hilo mínimo. Casi. Inútil. A veces nada.
Con eso escribo.


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